Los ladrones y policías hace tiempo que dejaron de correr por las calles, no merecía la pena esconderse si ya nadie quería encontrar a nadie, ha perdido la gracia. Cada cual eligió su camino y las calles han perdido el encanto de antaño, cuando los gritos y las risas infantiles flotaban en el aire. Todo era alegría, sorpresas ocultas por las esquinas, esperando ser descubiertas para estallar el globo de la dicha.
Las carreras desbocadas se perdían, por momentos, y aparecían, de pronto, en la guarida de la salvación en donde todo era jolgorio, satisfacción, por haber logrado superar toda clase de peligros y alcanzar la gloria efímera.
Ahora, el silencio es atronador. Las calles han dejado de ser de los niños para convertirse en laberintos de la droga. Las esquinas ocultan vicios asquerosos que, con la luz del día, muestran, sin ningún tipo de pudor, las vergüenzas humanas.
En alguna calle ausente aún se oyen las alegres voces de niños que juegan alegremente un partido de futbol donde, incluso, participa, alguna niña que se ha cansado de saltar a la comba y otros juegos femeninos. Quiere demostrar que puede darle al balón, e incluso, meter un gol. Tal vez, desee estar muy cerca de su primer amor y protegerle de alguna caída o alguna patada del adversario.
.- Déjame en paz, niña, vete a jugar con tus amigas. El futbol es cosa de chicos -replicaba furioso y avergonzado de verse socorrido por una vulgar mocosa.
En un sitio apartado, alejado de semejante campo de batalla, las niñas se divertían con los juegos de toda la vida, aquellos que habían heredado de sus madres y abuelas. Sus gritos y risas alocadas llenan de versos azules aquel trozo de la calle que, sólo a ellas, les pertenece.
.- Que te he dicho que me dejes, estoy bien. No seas tan pesada -grita el chico, provocando la huida de su pesada admiradora.