Cada mañana el destino me llama. He de abandonar, a toda prisa, mi lecho, en el se quedan los sueños juguetones, malévolos, extraños y desconcertantes, hermosas historias de amor, interrumpidas amargamente por un grito en la noche. Entre los pliegues de las sábanas, manchadas por los deseos inconfesables de atardeceres fríos, llenos de ingratas ausencias, agonizan las últimas pesadillas, imágenes caóticas, algunas de las cuales me persiguen durante algún tiempo e, incluso, se convierten en vulgares sensaciones de emociones desconocidas que no consigo recordar.
El destino se impacienta. Permanece sentado en la mesa mientras, con descaro, me lanza miradas furtivas, furiosos reproches con los que solicita, de inmediato, mi presencia, mi alma se tiene que mostrar limpia de reproches y dispuesta a afrontar, con ánimo, el nuevo día. No acepta ninguna excusa. Hay que barajar las cartas, no puedo huir de mis deberes y obligaciones, mañana será demasiado tarde y, quizás, cansado de aguardar, huya con los triunfos conseguidos durante tanto tiempo. Entonces, la mesa quedará, vacía, se llenará de lágrimas furiosas. Las ausencias me perseguirán eternamente reprochándome la cobardía de mis actos, la apatía con que afronto las ilusiones. No merecen ni mirarme a la cara.