Cada mañana el destino me llama. He de abandonar, a toda prisa, mi lecho, en el se quedan los sueños juguetones, malévolos, extraños y desconcertantes, hermosas historias de amor, interrumpidas amargamente por un grito en la noche. Entre los pliegues de las sábanas, manchadas por los deseos inconfesables de atardeceres fríos, llenos de ingratas ausencias, agonizan las últimas pesadillas, imágenes caóticas, algunas de las cuales me persiguen durante algún tiempo e, incluso, se convierten en vulgares sensaciones de emociones desconocidas que no consigo recordar.
El destino se impacienta. Permanece sentado en la mesa mientras, con descaro, me lanza miradas furtivas, furiosos reproches con los que solicita, de inmediato, mi presencia, mi alma se tiene que mostrar limpia de reproches y dispuesta a afrontar, con ánimo, el nuevo día. No acepta ninguna excusa. Hay que barajar las cartas, no puedo huir de mis deberes y obligaciones, mañana será demasiado tarde y, quizás, cansado de aguardar, huya con los triunfos conseguidos durante tanto tiempo. Entonces, la mesa quedará, vacía, se llenará de lágrimas furiosas. Las ausencias me perseguirán eternamente reprochándome la cobardía de mis actos, la apatía con que afronto las ilusiones. No merecen ni mirarme a la cara.
Hay días en que me arrastro por los pasillos, no consigo mantenerme en pie y bordeo el abismo, en ocasiones, he tenido tentaciones de abandonar toda esperanza y lanzarme a los infiernos. La presión es enorme y el alma se asfixia, todo parece desconocido, extraño. Es preciso sacar fuerza de donde sea y plantarse, cuanto antes, delante del destino y, desafiante, con descaro, mirarle a los ojos
Sobre el tapete, las cartas están marcadas, debajo de la mesa se esconden las sombras del ayer dispuestas, en cualquier momento, a arrojarme a la cara mis debilidades más humillantes. Por eso he de mostrar fuerza, coraje y, sobre todo, entereza, procurar que ms manos no tiemblen cuando el destino las ordene lanzar el dado de la suerte.
La vida sigue su marcha. Contempla, con cierta perplejidad, la escena. No puede hacer nada, con disimulo, me lanza miradas de esperanza, muecas de apoyo. Sin embargo. el destino es implacable, en sus poderosas garras esconde las verdaderas razones de la existencia humana y sus reproches son tremendamente amargos y dolorosos.
Todos los días, he de arrastrar el alma hasta la gran mesa, el destino se ríe al verme, cada jornada, más cansado y, sobre todo, tremendamente abatido, las ilusiones se secan en la vieja alacena de la nostalgia, pocas esperanzas se ven en el horizonte, su resplandor, con el paso de los días, se diluye en una lágrima otoñal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario