El piano, vestido con todas sus mejores galas, va desgranando las imponentes notas del concierto para piano y orquesta, nº 1 de Tchaiskovsky, a su alrededor escuchan los versos sorprendidos por la belleza que surge de sus acordes. La fuerza es imponente, la pasión inunda toda la sala en la que el hombre piensa tan sólo en sus intereses, maquina su estrategia para arrebatar a su prójimo el sueño que él, por la incapacidad de ver más allá de sus narices, se niega a aceptar la ofensa del destino.
Se cree superior a todos, no tienen ningún derecho a poseer algo que él no puede conseguir. En sus esquemas no entra la posibilidad de que nadie tenga más que él, es el único que puede hacer y deshacer, los otros han de agradecerle sus esfuerzos por allanarles el camino, por ahuyentar a los fantasmas e impedir que les robe las ilusiones. Eso sólo puede hacerlo él, nadie más.
El piano continúa llenando la gran sala del mundo de una pasión desbordante. Sin embargo, la furia de sus palabras no consigue ablandar la actitud de aquel pobre hombre que no se inmuta, su soberbia es implacable. Su arrogancia desafiante ignora tanta belleza, se aferra con desgana a una mano fría, una compañera de papel a la que puede ultrajar cuando le venga en gana, es de su propiedad, su concubina. Ésta llora, las notas del piano le acaricia el corazón incomprendido, desea huir, alejarse de aquel déspota que tal sólo la exhibe como un mero triunfo, una simple joya que, cualquier día, podrá canjear por otra mucho mejor.