Cada tarde trato de dibujar un poema azul en la niebla helada del porvenir. Procuro apartar la hojarasca del camino. Es necesario dejar huella por si hay que regresar, tarde o temprano hay que volver de algún olvido. Escojo, con cuidado casi con mimo, las palabras adecuadas para secarme las furiosas lágrimas de atardeceres rencorosos que tratan de humillarme y hacerme huir hacia ninguna parte.
En muchas ocasiones, al borde del abismo, me aferro a las nubes de terciopelo que protegen el alma atormentada por cosas, nimias, absurdas. En demasiadas ocasiones el poema cotidiano nos da la espalda y nos asfixiamos con el aire viciado de la soledad.
Entonces, aparece la duda, la confusión y, en el peor de los casos, la apatía, la ganas de arrojar la toalla y abandonar todo. Dejarse arrastrar a un abismo donde, cientos, miles de versos asesinos tratan de borrar todos los poemas de nuestro largo caminar.