Era una rencorosa, una estúpida rencorosa que me abandonó llevándose lo más preciado para mí, las palabras. Sabía perfectamente, que sin ellas no podría continuar la senda marcada, mis poemas se descomponían en la ingrata soledad del abandono. Del interior de los cajones donde cuidaba, con mimo, aquellos versos más delicados, mis historias más amadas que deseaban emprender el mágico vuelo de la locura y abandonar, para siempre, los miedos en la noche y las lágrimas de la madrugada ausente, surgían gritos desesperados que se ahogaban en el silencio definitivo.
Mi sombra huyó mientras procuraba hallar el sueño de mi vida, el sentido exacto de mi existencia, una existencia llena de algún sinsabor amargo, doloroso, pero siempre habíamos compartido grandes esperanzas y desentrañados íntimos secretos que nadie podía suponer.