El amanecer entra por la ventana y se presenta altanero, provocador. Me ordena que salga inmediatamente de la cama y prepare todo lo necesario para comenzar a recorrer la senda diaria.
He de llenar la blancura de la soledad con las razones que me entrega, palabras ausentes que tengo que buscar en los recodos de un sendero que sólo a mi me pertenece, pero he de ganarme la confianza del destino, tengo que huir de viejos fantasmas y ponerme a buscar, con urgencia, esas soledades muertas, comenzar a dibujar el verdadero poema sobre el rostro entristecido de la aurora, el único que merece la pena, es preciso abandonar, cuanto antes, el letargo cálido de la noche y robar ilusiones nuevas a las estrellas fugaces.