La nieve mágica de la Navidad ha vuelto a cubrir las tardes cotidianas. Las alocadas carcajadas infantiles resuenan en el bullicio frío de la gran ciudad. Las calles se visten con sus mejores galas: Luces de colores velan maternalmente sus sueños, sus ilusiones. Las esperanzas alimentan viejos deseos semidormidos, abandonados en cualquier rincón gris, entre botellas vacías y jeringuillas apestosas. Frío. Desolación. Pobres mendigos sobre cartones y viejos papeles grasientos para quienes esto días son como los demás, la Navidad para ellos no tiene ninguna significación especial y se pierden, lentamente, entre la dolorosa niebla de la incomprensión. No les esperan a cenar brazos abiertos, las confortables mesas, con los ricos manjares, únicamente les aguardan en sus sueños más recónditos, bien ocultos entre los hilos de los viejos gabanes.
Sus pasos no se dirigen a ningún sitio concreto. Vagan de aquí para allá desde que el sol sale hasta que las estrellas juegan en el cielo azul. La luna también parece burlarse de ellos, les mira con cierto rencor, le molesta verlos cada noche perdidos en el tiempo, pero ellos no tienen la culpa de ser pobres, no ejercen de pobres por capricho, lo son y en sus rostros grasientos se dibuja la tristeza más amarga de la vida. La Navidad para ellos es un sueño que no se realiza, desean llegar a alguna parte donde haya, aunque sea por misericordia, un sitio para ellos donde puedan revivir sus viejas y lejanas navidades de su niñez.
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