Hace tres años que mi hermano Chiqui nos dejó. De repente, una mañana de finales de septiembre, emprendió su marcha definitiva hacia el valle eterno, donde haría su gran acampada, la definitiva, la eterna. En el valle luminoso, donde seguirá con sus proyectos, buscando nuevas rutas en ese infinito universo, lleno de estrellas fugaces e ilusiones, de atardeceres tranquilos y noches serenas en las que no dejará de entonar las viejas canciones scauts. Se reencontrará con amigos que nos abandonaron antes que él, como Paco, con quien compartió muchos campamentos desde que eran muy niños.
Estará dichoso porque, y esto nunca se lo hubiera podido imaginar, Papá está a su lado cantando viejas baladas del Frente de Juventudes. Había partido tras sus huellas, seis días después. No quería dejarle sólo, y siguió la fortaleza de sus pasos, hasta encontrarle montando el campamento con sus antiguos compañeros y otros nuevos de todo el mundo, con quienes compartirá los sueños eternos.
Todos están disfrutando, unidos por la emotividad de un fuego de campamento, al que se irán uniendo familiares y amigos, deseosos de entrelazar, fuertemente, sus manos hambrientas de amor. Alrededor del fuego desaparecerán las antiguas rencillas familiares y brotarán destellos que llegarán hasta nosotros para guiarnos por la senda verdadera.
Chiqui estará, sin duda, inmensamente feliz al ver a tanta gente buena cantando como, cada en aquellos veranos de su infancia y adolescencia, cuando iba de campamento con su querido Colegio de los Hermanos Menesianos y, un fin de semana, iban las familias a ver a sus hijos y hermanos a celebrar el ‘’Día de la Familia’’. Lo recuerdo con cariño.