Los independentistas no cesan en su empeño, no se apean del burro. La culpa, sin duda, la tienen los sucesivos gobiernos que han ido cediéndoles competencias a cambio de sus votos para mantenerse en el poder. El que quiere algo, algo le cuesta, y fue Rodríguez Zapatero quien les concedió lo máximo al incluir el término ‘’nación’’ en la Constitución Catalana y afirmó, con una gran irresponsabilidad, que si la Constitución Catalana, o lo que fuera, no se ajustaba a la Constitución Española, ésta debía ajustarse a la catalana. Se quedó tan a gusto el hombre, de ahí viene todo el follón en el que ahora están las cosas, creo yo.
Con Mariano Rajoy la cosa empeoró, porque los independentistas, con el cobarde Puigdemon a la cabeza, no hace falta explicar ni divagar sobre tal adjetivo pues, en vez de dar la cara y enfrentarse a la justicia, salió huyendo, a escondidas. Éste tan sólo quería hablar de su tema, pedía diálogo, pero sólo para hablar de la misma cantinela, a saber, la independencia de Cataluña, asunto que implica a todos los españoles, que son los que tienen que decidir, todos, no sólo la mitad, tal vez, algo menos de la población catalana. El presidente Rajoy, con buen juicio, trataba de poner más temas sobre la mesa, concederles más beneficios e, incluso, se les concedía más presupuesto, en detrimento de otras autonomías, que dilapidaban abriendo embajadas catalanas, cosa que no podían hacer, y organizando actos independistas y promoviendo elecciones ilegales. Mientras tanto, las empresas catalanas huían de su tierra para asentarse en otras autonomías y la economía de Cataluña iba cayendo, hasta el punto de no poder pagar a sus funcionarios. El gobierno español no dejaba de enviar dinero a Cataluña para pagar las nóminas de sus trabajadores.