Nos miran mal, se perciben un mal rollo, no quieren vernos ni en pintura, comentan, entre ellos, afirman que vamos de sobrados por la vida, no soportan nuestra petulancia y, sin duda, están convencidos que tratamos de confundirles con juegos de palabras para ocultar nuestras verdaderas intenciones, tras esas extrañas palabras de los textos les ponemos a parir.
Un cierto rencor se dibuja en sus ojos cuando nos ven aparecer y al cruzarnos con ellos bajan la mirada como si temieran alguna desgracia o, simplemente, se sintieran arrepentidos de algo. Si van más de uno se sienten mucho más fuertes y comentan, con desdén, ‘’Ahí van los poetas!
Su aversión es enorme, no se comprende. Están acostumbrados a imponer sus leyes, a no admitir opiniones ajenas, se creen superiores a los demás y se enfurecen cuando oyen algo que no sea de su agrado, aunque no lo entiendan, siempre creen que hay un gato encerrado dispuesto a echarles un zarpazo que les haga pupa en su orgullo. Su dignidad no puede ser dañada bajo ningún concepto, por eso no aceptan las opiniones de los otros y siempre ven fantasmas en los recodos del camino que pretenden dominar, en todo momento. Ya lo dijo cierto político de un ayer lejano: ‘’La calle es mía’’. El camino, la calle, qué más da? El caso es que no aceptan ninguna sombra que logre apagar tímidamente sus ínfulas de superioridad, dictan sus propias leyes y todo individuo debe aceptarlas. No hay más historias.