El tiempo fugaz parece detenerse en un rincón perdido de la melancolía. La lluvia pertinaz le roba imágenes difusas de atardeceres lejanos, su frescor calma los pasos nerviosos de los relojes cabreados que intentan someter la voluntad de los hombres. La ciudad se adormece oyendo las voces, casi susurrantes, de los poetas que arrancan versos a la lluvia, sus alocadas palabras buscan el sentido de las cosas, las causas de los errores humanos.
Hay montones de asuntos por discutir, pero ellos no pueden arreglar tantos errores humanos. No es su cometidos y tienen miedo, no les echen la culpa de lo ocurrido, no tienen porque asumir las equivocaciones ajenas. Ellos únicamente hablan de sus asuntos y escriben, no cesan de contar historias, ya sea prosa o poesías, o solemnes estudios en los que procuran descifrar la maraña de confusiones que guía al hombre a su propia autodestrucción o, únicamente, escriben sus tonterías sobre las cuartillas arrugadas de su propia incertidumbre.
Sus pensamientos brotan con demasiado ímpetu, las palabras no son capaces ni se sienten con fuerzas para dibujar tanta miseria, no pueden soportar el inmenso dolor del corazón abatido del hombre. Solo pueden llorar y tratar de secar las lágrimas de los corazones oprimidos.
La fugacidad del tiempo se lleva todo, lo bueno y lo malo, los sueños, las esperanzas, las ilusiones que apenas consiguen ver un horizonte que se diluye en un poema sin sentidos, donde las palabras enmudecen y extraños silencios guían los pasos de las sendas borrachas de melancolía.
Los poetas quieren, desean, tratan con toda su alma de pintar nuevos amaneces con la magia desbordante de la palabra, pero todo es inútil, no pueden luchar contra los rencores del silencio.
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