En el otoño las emociones estallan en el alma y desean ardientemente alcanzar su libertad, quieren perderse por sendas mágicas y grabar poemas en las hojas secas, olvidadas por rencores amargos. Todo es caótico, los versos revolotean, surcan paraísos extraños, soñados en largas tardes de verano donde los relojes pierden el pudor y el tiempo parece morirse de melancolía. Tratan de poner orden a las palabras, ebrias de unos amores pasajeros y estúpidos, necesitan la comprensión de las más sensatas, su amor sincero que permita huir de los temores absurdos de la soledad.
Las sensaciones se entremezclan, se confunden. En el otoño brotan recuerdos, agradables instantes que se resisten a morir, de los rincones del tiempos surgen gritos que tratan acallar a los cobardes silencios, borrachos de rencores estúpidos. El tiempo, lento, juega con los colores del atardecer, las nubes llenan de extraños epitafios la inmensidad del cielo y los versos se lanzan, desesperados, en busca el destino, el poema, su salvación.