Siento un insoportable frío, voy recogiendo los emotivos recuerdos del ayer en las amarillentas cuartillas del alma. Las palabras, mis fieles compañeras en las duras travesías de mi vida y las perfectas amantes que me secan las lágrimas en los momentos más duros, me acogen cuando acudo en busca del cobijo necesario, su calor me reconforta. No imponen ninguna condición, aunque, de tarde en tarde, nos enfadamos, hacen amagos de huir, amenazan con abandonarme si no acepto las condiciones del atardecer, pero es muy duro, no puedo soportar la amargura de las hojas secas. Intento resistir, trato de ignorar los gritos del silencio que me empujan a la desesperación, al caos donde las imágenes del ayer se confunden con sueños de un futuro incierto, apenas susurros que pretenden imponer su criterio, quieren alzar su voz, pero es inútil, el viento del atardecer ahoga sus tristes ilusiones.
Las palabras me arrancan de la apatía, permiten reconciliarme con mis anhelos, me ayudan a amar, las mujeres de mis sueños se rinden a mis suplicas. Entonces soy feliz, inmensamente dichoso.
Sin embargo, siento frío, un frío que, con el paso del tiempo, me va robando la ternura cálida de la soledad.
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