El año pasado fue un año para olvidar, aparte del inicio de esta pandemia, que todavía nos acosa aunque, poco a poco, ya vamos viendo el final del túnel. Una dura travesía que nos ha cambiado radicalmente la vida, por el camino hemos perdido a muchos conocidos y familiares, de quienes no nos pudimos despedir como se merecían. Mi familia recordará este fatídico año por las muertes de Chiqui y mi padre, con cinco días de diferencia, quien parece que no quiso dejar partir solo a su hijo y partió, tras él, en su última aventura.
Cuando se inició la maldita pandemia nos fuimos a Navas del Rey, donde estábamos muy a gusto los cuatro y pensábamos pasar las Navidades allí. Pero, a finales del mes de septiembre, el destino nos golpeó duramente. La muerte de mi padre fue dolorosa pero, lamentablemente, era previsible, tenía 90 años y desde junio, más o menos, había pegado un bajón tremendo y, apenas, podía andar. Éramos conscientes que, en cualquier momento, podía ocurrir lo inevitable, como así pasó. Cinco días antes murió Chiqui, que tuvo un infarto fulminante, éste abandonó su cuerpo a los pies de la escalera por la que subía, todos los días, para desayunar e iniciar la nueva jornada. Su repentina marcha supuso un duro mazazo muy difícil de asimilar, todavía hoy, casi un año después, cuesta mucho soportar con entereza su ausencia.
Mi madre y yo tuvimos que regresar a Madrid, no nos podíamos quedar sólo en nuestro pequeño paraíso, en el que habíamos pasado aquellos meses lejos de la pandemia y compartido, con ellos, tantas emociones a lo largo de la vida. Nuestro querido Paraíso Blanco quedo muy triste, aunque los espíritus de papá y Chiquí permanecían allí, realizando sus actividades habituales que hacían con tanto esmero.
Nuestro hogar de Madrid parecía diferente sin su alegre presencia, sin embargo, permanecían con nosotros, ocupando sus espacios y realizando sus tareas habituales. Papá, sentado en su sillón, esperaba la hora de su paseo o para ir a comprar el pan o cualquier otro mandado que le hacía mi madre. Chiqui continuaba en su habitación, en el ordenador, haciendo sus trabajos. De vez en cuando, salía de la habitación, camino a la cocina, a preparar la comida o, simplemente, a picar algo. Sí continúan y continuarán siempre con nosotros, de repente, papa suelta, en voz alta, un chiste o un dicho que recuerda.
.- "Que bruto!" Dice Chiqui, desde la cocina, y añade: "Me voy a hacer una tostada (o cualquier otra cosa), quien se apunte que diga algo o calle para siempre"
Mientras, papá continúa muerto de risa, por lo que acaba de decir y, al ver pasar a mamá, risueña y sorprendida por lo que le acaba de escuchar, le pide un beso. Mamá, se lo da.
Esta escena familiar se repetía constantemente y a pesar de sus ausencias, continuarán con nosotros dándonos ánimos para seguir el camino.
Chiqjui tenía sólo 52 años y le quedaban demasiadas cosas por hacer. Muchos proyectos por realizar, por eso, antes que empezará la pandemia, ya había comenzado a mirar cosas para una reunión de sus queridos SCOUTS, a nivel mundial, que se iba a celebrar, este año o el próximo, creo que aquí en Madrid. Aparte de esto, que le apasionaba, era su vida, tenía demasiadas cosas, su entrega fue total, siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás en todo aquello que estuviera en su mano. Era, sobre todo, el sostén de su familia, se encargaba de llevar al día todos los asuntos de la casa, bueno de las dos casas, recibos, factura, y otros asuntos similares, estaba pendientes de las citas médicas de los tres, citas que, en estos últimos tiempos, con mis operaciones, se multiplicaron. Y, además, era el Presidente de la Comunidad de Propietarios de Cuesta Vieja, de Navas del Rey, donde tenemos la casa, aparte, colaboraba con el Ayuntamiento del pueblo.
Estaba en la plenitud de su vida, era dichoso con lo que hacía y sabía que era correspondido por la gente que le rodeaba empezando, evidentemente, por su familia, padres, hermanos y sus sobrinos, a quienes ayudaba y asesoraba en todos los temas sobre los que le pedían ayuda o consejo, siempre estaba dispuesto a echarles una mano e, incluso, a llevarles donde quisieran. Había mucha química entre ellos, tanto con Ignacio como con Beatriz. Ahora, Chiqui se sentiría tremendamente orgulloso por la afición de su sobrino de ir a escalar a la montaña o lugares especializados. Estoy seguro que, de seguir vivo, en muchas ocasiones, le acompañaría y, sin duda, le llevaría a muchos lugares donde poder realizar fascinantes travesías y escaladas. Chiqui era un experto en esto por su actividad, desde muy joven con los Scouts.
Ayudaba, como he señalado, a todo el mundo, y sabemos cómo respondió la gente cuando se enteró de su repentina muerte, por su querido mundo circularon, a través de las Redes Sociales, cientos de muestras de cariño de todas las partes del mundo, manifestaban la sorpresa y admiración por su dedicación y entrega.
Esas dos cualidades tan admirables se tendrían haber extendido mucho más en el tiempo, porque Chiqui era joven y tenía mucho que aportar todavía a su gente, yo diría, que a la sociedad. Era feliz, dichoso con lo que hacía, y un poco cabezota. Era fiel a sus opiniones y le costaba dar su brazo a torcer, y seguir los consejos que a veces le dábamos, incluida su doctora, en los que le decíamos que se debía cuidar un poco más.
Si aun estuviera con nosotros, seguro que estaría preparando nuevos proyectos, viajes, acampadas. Le veo, en su habitación, trabajando entre montones de papeles o realizando una videoconferencia con algún scout que estuviera en cualquier parte del mundo. O en Navas, en la mesa grande, saboreando la última cerveza del día, mientras mira, con atención, su móvil y, de repente, comenta, entre grandes carcajadas:
"Qué Bestia!". Era la última burrada de su gran amigo, de universidad, Chapi.
Así era Chiqui, buen hijo y hermano, buen tío y colega enrollado. Lo más importante, amigo de sus amigos, a quienes ayudaba sin pedir nada a cambio, tan sólo, su lealtad.
Cómo le echo de menos!!... Jose te mando un abrazo enorme y, por favor, dale a tu madre un beso de mi parte... Pablo Pinedo
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