sábado, 1 de junio de 2019

PRÓLOGO DE LA VIDA NO ES UNA VULGAR PELÍCULA

LA BÚSQUEDA DE LA PALABRA

    
 La vida no es una vulgar película, es la llamativa y certera reflexión con que José Gerardo Vargas Vega titula su libro, publicado por Ediciones Vitruvio. Bien es verdad que también pudo haberlo titulado: “Diario de la búsqueda de la palabra”, debido a que en él nos comenta el autor, con todo lujo de detalles, el arduo trabajo que al escritor suele presentársele cada vez que va en pos de la palabra precisa para su poema. Sí, un poema pues aunque este libro es de narrativa parece ser que José Gerardo ha querido rendir homenaje a los alfareros de la poesía. A lo largo de las páginas y mediante relatos cortos, pensamientos y reflexiones, nos va desgranando las dificultades, el desaliento y, en algunas ocasiones, hasta la incertidumbre que todo poeta siente a la hora de enfrentase a la hoja de papel en blanco. Puede que sin pretenderlo José Gerardo nos esté recordando el mito de Tántalo cuando encadenado a un árbol frutal y junto a un lago, ambos se retiraban cada vez que él necesitaba comer y beber, castigándolo a sufrir hambre y sed. Esta historia mitológica mucho tiene que ver con el escritor cuando ve con pavor cómo se alejan y huyen las palabras, abandonándolo cuando más las necesita. 

     El libro, La vida no es una vulgar película, organizado en cinco apartados, parece estar escrito en tres tiempos: el amanecer, el atardecer y el otoño (o bien el anochecer), acercándonos a los tres momentos en que se divide el día. El Amanecer es el instante preferido por Vargas Vega, es su hora feliz debido a la lucidez, la armonía, con que se enfrenta a la creación literaria y porque, según él, la primera luz del día suele ser purificadora y limpia los malos instintos. “El amanecer me trae, cada día, esa magia imprescindible para continuar luchando y poder componer, verso a verso, el gran poema de la vida.” Luego vendrá el Atardecer, la parte más extensa del libro, la más reflexiva y, también, la más humana por lo mucho que se implica Vargas Vega en los relatos. El ‘yo’ está muy presente y va unido a las dificultades, a las desilusiones que ocasiona ese texto soñado y trabajado y, al final, no conseguido por culpa de la deserción de la palabra. “Espero, confío en el mañana. Las palabras no pueden ser tan crueles, han de dejarme gritar y acabar el poema definitivo.” Y de esta guisa, poco a poco, los relatos pasan a convertirse en un diario donde describe el alto muro que, a veces, se alza entre el lenguaje poético y el escritor; la inquietud que siente al saberse fracasado al tener que abandonar el poema simplemente porque no se deja escribir. Pero esta parte del libro, el Atardecer, también es la más introvertida y la más humana al tratar temas muy personales como son su enfermedad, el miedo que sintió el día en que la muerte y él se miraron frente a frente. También le escribe y llora la pérdida de Roco, su querido perro. Hay que destacar algunos relatos sociales donde se denuncian la indiferencia de los poderosos, lo mucho que pesa el dedo acusador del empresario déspota, el vacío de la gente. En este largo apartado, Atardecer, hay un hermoso y extenso relato titulado El náufrago de las palabras. En él se narra, como si fuera un cuento, la pérdida de una palabra y de la larga travesía que tuvo que hacer el hombre amante de los libros para buscarla, hasta que “Allí estaba. Por fin la encontró, la palabra, su salvación’’. En formato mucho más breve fue lo que sintió una vez Juan Ruiz de Torres y nos dejó escrito: “Perdí un verso; por él lloré toda la noche.” 
     
     En el tercer y último tiempo del libro, Otoño, Vargas Vega abandona el diario y retoma nuevamente el relato y regresa a sus reflexiones, siempre inconformistas con cuanto lo rodea aunque ahora más serenas, más abiertas a pensar que vamos hacia un futuro mejor. En este tercer apartado el escritor se lamenta menos y nos muestra el mejor camino para sobrellevar con armonía y esperanza las dificultades de la vida. “…hay que seguir. Es necesario, urgente, aunque el otoño cubra de tinieblas, cada vez, más oscuras la senda y la noche se vuelva insoportable. Tal vez, sólo desea que el hombre encuentre su sueño definitivo.”

     Pero, ¿cómo es la palabra de José Gerardo Vargas Vega? En la docena de libros que ha publicado entre poemarios, novelas y narraciones, por los que ha obtenido varios premios, su palabra (ya sea en verso o en relato), ha ido creciendo a golpes de emociones positivas y negativas. En muchas de sus publicaciones le canta a las cosas sencillas que componen su día a día y que él les da la categoría de humanas al revestirlas de sentimientos. En estos relatos que recoge La vida no es una vulgar película, nos sorprende con una voz apacible y, al mismo tiempo, triste y melancólica, mientras que en otras le aparece el inconformismo y la rebeldía. Este nuevo libro de Vargas Vega, dedicado a la lucha del escritor con la palabra, tiene mucho de sueños, porque los sueños es otra apoyatura clave en todo cuanto él ha escrito. Con los sueños él intenta abarcar algunos valores humanos como son el amor, la amistad, una convivencia más fácil entre todos nosotros; valores que están ahí que se presienten pero que no acaban de aflorar entre los seres humanos. La palabra de este escritor palentino es comunicativa, directa, es una palabra muy trabajada no solo por venir de un doctor en Filología Hispánica, también porque él la busca y la arrima a sus sentimientos y la moldea a las necesidad de su alma, de la misma manera que el alfarero trabaja el barro o la arcilla. Porque al fin y al cabo, como dice José Gerardo Vargas Vega en otra de sus publicaciones, “Los poemas, lentamente, / se van dibujando / en el alma.” 


Ángela Reyes. Madrid, enero de 2019

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