La Navidad regresa más pronto cada año. Nuestros pasos se vuelven más lentos, más cansinos y en nuestros bolsillos hay, cada vez, menos ilusiones. Nuestras esperanzas, aquellas revoltosas y traviesas ilusiones del ayer, se tornan esquivas y rencorosas.
Las blancas navidades de nuestros sueños regresan puntuales a su cita rompiendo la monotonía diaria. Rasga la cochambrosa túnica que envuelve la ciudad, dibuja relucientes poemas de amor en cada esquina e ilumina con vivos y alegres colores el cielo de la noche. En los rostros grasientos y dolorosamente demacrados de los mendigos, también se reflejan nuevas ilusiones, pero jamás se produce el milagro y, tras su partida, todo volverá a ser igual, amargura, dolor, sufrimiento.
Los copos de nieve ya no adornan los árboles del parque dormido, únicamente nieva en las tiernas historias de Walt Disney, en las que el tiempo se detenía en la dulzura de relojes animados que velaban los sueños humanos, les ayudaban a alcanzar sus metas deseadas. En los árboles se acurruca algún pajarillo que aguanta, como puede, el tremendo frío invernal y la contaminación asfixiante de los nerviosos e insolentes vehículos que se pierden en la inmensidad de un espacio gris.
El tiempo, empequeñecido, es cruel, terriblemente ingrato y cuesta llenarlo. Las horas emotivas, llenas de las alegres canciones de toda la vida, se hacen las estrechas y no te permiten ser tan dichoso como antaño. Siempre se espera demasiado, queremos aquello que jamás podremos conseguir. Ansiamos ardientemente aquellas ilusiones que nos pertenecen tan sólo en sueños maravillosos en los que, en cualquier momento, puede surgir el Milagro de la Navidad, nuestra deseada Navidad, la llamada inesperada, el cálido abrazo que haga olvidar tantos sinsabores, la palabra que necesitamos escuchar y que nos mortifica en las noches frías, desiertas, en que los silencios, borrachos de amargura, vomitan todo su odio en nuestros cansados corazones.
Tenemos que aceptar nuestro destino, procurar ser fuertes, aunque lágrimas invisibles no permitan contemplar la realidad y pretendan, a toda costa, arrastrarnos por falsos caminos alejados de nuestros deseos. No hay que engañarse, hay que conformarse con lo que se tiene y buscar la dicha en las cosas más pequeñas, por insignificantes que sean. En las cosas cotidianas también habita Dios y el momento más inesperado, más vacío, aunque no sea Navidad, puede ofrecernos el sueño de nuestra vida.
Entonces podremos abandonar los sinsabores y empezar a vivir, escribiremos los mejores poemas, pero hay que saber esperar ese milagro que, quizás, llame mañana a nuestra puerta.
Sin embargo, esa espera es muy dura, quizás Dios está probando nuestra entereza, nuestro aplomo aunque, en muchas ocasiones, nuestra debilidad le hace llorar, porque somos débiles y solemos escondernos en la autocompasión más estúpida, incluso, le ignoramos dándole la espalda con el mayor de los desprecios. Más tarde, recapacitamos, vemos el grave error que hemos cometido, fruto del absurdo egoísmo, pero es que cuesta mucho recibir a la Navidad cuando se siente frío en el alma, cuando nuestras manos tratan, sin conseguirlo, de agarrarse a otras manos lejanas, ignorantes de sus sentimientos, y sólo encuentran la ingratitud del atardecer, entre los gritos desesperados que nadie quiere escuchar, porque ellos son felices, muy dichosos, consiguieron alcanzar su estrella.
Si, es muy duro ser feliz en Navidad cuando tu estrella aún no ha surcado el cielo azul y se busca la luz resplandeciente de la esperanza en el sitio equivocado, en el espacio irreal donde los Reyes Magos no quieren cruzarse contigo para no tener que fingir y entregarte un gamo de felicidad, tan sólo por compasión, por el qué dirán, por la necesidad de hacer una buena obra.
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