miércoles, 15 de junio de 2016

EL PARAÍSO BLANCO ESTÁ TRISTE

     La presión de la vida es enorme y, en ocasiones, dolorosa. La angustia nos conduce hacia el despropósito más absurdo y las palabras se tergiversan. Las verdaderas razones se pierden en las confusiones, en el caos absoluto, entonces, el egoísmo vuela, satisfecho, de haber conseguido la libertad, su camino se dirige, ufano, hacia un extraño horizonte que desaparece entre gritos y lágrimas que ignora.

     Todo cambia, los sentimientos se distancian y el pobre perro huye entre sombras desconocidas, con seres extraños que le impone otras reglas, otras costumbres. Pobre animal! En otros tiempos corría por un paraíso inmenso en el que escondía sus pequeños tesoros, jugaba con los seres queridos que siempre había conocido, era su autentica familia, y acudía a ellos buscando las caricias precisas.

     Sin embargo, con el tiempo, esos seres cambiaron, dejaron de llamarle por su nombre y, entonces, surgió el olvido, la nostalgia de otras tardes llenas de luz, ilusiones que contemplaban un horizonte luminoso, alegre. Entonces, Roco, nuestro perro, movía el rabo y daba vueltas frenéticas por su inmenso paraíso por donde perseguía a los gatos, mientras que las inquietas ardillas le jaleaban con la ironía de un atardecer travieso, la alegría se desbordaba en aquellos largos y cálidos veranos en los que las horas, cada horas del día, tenían una justificación exacta, los silencios se llenaban de burbujas mágicas, él las agitaba con el rabo y surgían versos de amor sobre la dulzura rojiza del atardecer.

     Hoy, su paraíso esta triste, las ardillas también han desaparecido, y en las noches serenas tan sólo se oye el ronroneo de los gatos que buscan, sigilosos, a Roco para echar la última carrera de la jornada.
   
     Lentamente, el Paraíso blanco va perdiendo su luminosidad.

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