Se equivocó. No supo medir sus palabras y todo se volvió en su contra. El miedo empezó a dominar sus actos y, desde entonces, comenzó a ver sombras en la luminosidad dorada, mágica, del atardecer. Detrás de cada esquina del tiempo, donde antaño le aguardaba una esperanza para ofrecerle nuevas ilusiones con las que confiara en el destino y pudiera dibujar poemas azules sobre los desengaños cotidianos, ahora estaban ellas, vigilantes, dispuestas, en cualquier momento, a amagarle la existencia.
Se equivocó. Era consciente de ello, pero ya no había solución. Había sido un iluso, creyó, en todo momento, que aquella confesión tan directa le libraría de la soledad, imaginó que, por fin, podría amar y, con un poco de suerte, ser amado, una de sus máximas ilusiones en esta vida. Sin embargo, no fue así, y se asustó. Sólo pronunció ‘’TE QUIERO’’, dos sencillas palabras, sin duda, el más grande poema jamás escrito y ella, ofendida, desapareció de su vida.
No podía entender la reacción de aquella mujer, su huida al escuchar semejante confesión, un ultraje que, al parecer, no podía tolerar bajo ningún concepto, una vulgar chiquillada que podría traer graves consecuencias. Cómo habría sido capaz de ofenderla de semejante modo? La amistad era una cosa y aquella confesión podría traer consigo un mundo que no estaba dispuesta a compartir con cualquiera.