Sin apenas darnos cuenta, hemos recorrido gran parte de la senda de la vida. La distancia recorrida, desde que empezamos a caminar solos, y a tomar nuestras propias decisiones, parece infinita. Parece mentira que el tiempo haya pasado tan deprisa. Ha sido un egoísta, que nos ha ido robando, poco a poco, un montón de ilusiones que íbamos dibujando, inocentemente, en nuestra vieja libreta escolar.
El balón rodaba por el patio y, al entrar en la clase, nos recibía, con rostro muy serios, las fotografías de dos personajes históricos muy relevantes del ayer, del tiempo gris de nuestros padres. Asimismo, parecía iluminar la clase, dándonos la bienvenida, una jornada más, un humilde crucifico.
Qué sencillo parecía todo. Las calles eran alegres y divertidas, llenas de chicos que jugaban, ajenos a las preocupaciones de sus mayores, ignoraban las miserias del mundo. Ellos, cuando abandonaban su querido colegio, hacían sus deberes, muy deprisa, para perderse por las calles, con sus compañeros, y jugar un partido de futbol o creerse policías, persiguiendo a malvados ladrones de poca monta.
La vida fue cambiando y el viejo balón dejó de rodar. Las calles se fueron convirtiendo en un hervidero de automóviles cabreados e impertinentes que compiten por llegar, cuanto antes, a un lugar en el que nadie les espera.
Sin apenas darnos cuenta, hemos consumido gran parte de nuestra existencia y los viejos valores que nos guiaban por la senda de la esperanza, fueron arrinconados, los viejos crucifijos que iluminaban muchas sendas de amor, de amistad, de empatía con el prójimo, hoy suelen estar ocultos en rincones llenos de vergüenzas estúpidas y cobardes.
El tiempo sigue su frenético ritmo. Los avances son infinitos, pero el hombre nos los quiere compartir con el prójimo, sólo desea imponer sus credos y, a quienes no les gusten que se pierdan, cuanto antes, en el olvido.
Los niños apenas saben jugar, se pierden en un laberinto de pantallas artificiales, lejos de sus queridas calles donde, en un rincón perdido, el viejo balón se desinfla, quizás, para siempre.
Los entrañables personajes de los cuentos, que nos contaban nuestros padres también han desaparecido, han huido a sus mundos mágicos, donde los niños actuales, por estúpidas mentes, tienen prohibido entrar.
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