Cuando la soberbia domina al hombre, éste se vuelve mezquino, egoísta. Sus palabras son ofensas, envenenadas, dirigidas contra aquellos que no piensan como él.
Se siente superior y, desde su púlpito cubierto de miserias, lanza, sin cesar, mentiras y blasfemias. Él mismo se sorprende sus argumentos e intenta esconderse entre una multitud, de sombras falsas creadas por su propia ambición.
Le da igual que le critiquen. Digan lo que digan, sus argumentos han de imponerse. Muchas veces reconoce que está equivocado y que los demás tienen razón, pero ha de mantener su postura intransigente, aunque sea un error. Tiene que ser fuerte y mostrar su cordura. No debe desfallecer ante unos estúpidos ignorantes que sólo pretenden desacreditarle. Él tiene el poder, sus decisiones son las buenas, las únicas capaces de iluminar la senda de la ignorancia.
Su actitud es infame, egoísta. Cada mañana se observa, con veneración, en el espejo de su propia presunción. Se hace acompañar de súbditos, drogados, manipulados vilmente para que no puedan pasarse al bando de la verdad y denunciar las prácticas humillantes de su glorioso jefe.
No pueden huir, Es imposible. Son consciente de que, tarde o temprano, la historia les juzgara.
Han de seguir la senda marcada. Resistir cuanto puedan y arrastrar, con resignación, la indignidad de la soberbia de un hombre sin escrúpulos.
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